Sin maíz no hay país: la batalla de México por defender su grano más valioso

Recorrer un mercado de Oaxaca, caminar por una milpa en Chiapas o visitar una comunidad de la Sierra Tarahumara es encontrarse con algo que forma parte de la vida diaria de millones de mexicanos, el maíz. 

Está en las tortillas que acompañan todas las comidas de las familias mexicanas, en los tamales durante los festejos del día de la candelaria, en el pozole de las reuniones familiares y en cientos de platillos que forman parte de nuestra identidad y cultura culinaria.

Pero detrás de un alimento que parece tan cotidiano existe una discusión que va mucho más allá de la cocina. 

Organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) o el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) llevan años debatiendo sobre el futuro del maíz, especialmente cuando se habla de los cultivos modificados, conocidos tradicionalmente como “Alimentos Transgénicos”.

Para algunos especialistas, como el Dr. Amalio Santacruz Varela, un investigador y profesor mexicano adscrito al Colegio de Postgraduados, el riesgo está en poner en peligro la enorme diversidad de maíces nativos que existen en el país, considerada una de las más importantes del mundo.

Para otros, los transgénicos representan una herramienta que puede ayudar a producir más alimentos y enfrentar problemas como el cambio climático. 

La discusión dejó de ser únicamente científica cuando el gobierno mexicano decidió limitar el uso del maíz transgénico para consumo humano y reforzar la protección de las variedades nativas. 

Esa decisión provocó un conflicto comercial con Estados Unidos y Canadá dentro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

¿Qué pasó?

El 13 de abril de 2020 entró en vigor la Ley Federal para el Fomento y Protección del Maíz Nativo, una norma que por primera vez reconoció que el maíz nativo no es solo un cultivo agrícola, sino también parte del patrimonio cultural del país, esto de acuerdo a lo publicado en el Diario Oficial de la Federación.

El artículo 3 de la nueva ley señala que se reconoce a la producción, comercialización, consumo y diversificación constante del maíz nativo, como manifestación y propiedad patrimonial cultural de los pueblos y comunidades indígenas del territorio nacional, en los términos dispuestos por la ley general de protección del patrimonio cultural de los pueblos y comunidades indígenas y afro mexicanas.

Con esta legislación, sembrar, intercambiar y conservar semillas dejó de verse únicamente como una actividad económica. También pasó a considerarse una labor fundamental para proteger la biodiversidad, la cultura y la alimentación del país.

¿Qué cambió con esta ley?

Uno de los puntos más importantes fue la creación del Consejo Nacional del Maíz Nativo (CONAM).

Este organismo reúne a representantes del gobierno, instituciones académicas, organizaciones campesinas y pueblos indígenas para participar en las decisiones relacionadas con la protección del maíz.

El maíz dejó de verse únicamente como un producto del campo para ser reconocido oficialmente como un patrimonio biocultural que involucra biodiversidad, identidad, cultura, alimentación y derechos de los pueblos indígenas.

Con esta modificación, por primera vez quedó escrito en la Carta Magna que México es el centro de origen y diversidad del maíz, además de reconocerlo como un elemento de identidad nacional, alimento básico del pueblo mexicano y parte fundamental de la historia de los pueblos indígenas.

No se trató únicamente de un reconocimiento simbólico.

Al quedar protegido por la Constitución, el maíz obtuvo un respaldo jurídico mucho más fuerte, ya que modificar un artículo constitucional es mucho más complicado que cambiar una ley ordinaria.

Además, el Estado asumió nuevas responsabilidades.

Entre ellas están impulsar el uso de semillas nativas, fortalecer el sistema tradicional de milpa, apoyar a pequeños productores, fomentar la investigación científica y desarrollar tecnologías compatibles con la conservación de la biodiversidad.

Sin embargo, mientras en México estas medidas eran vistas como una forma de proteger un patrimonio nacional, en Estados Unidos comenzaron a surgir preocupaciones.

Estados Unidos es el principal exportador de maíz del mundo y también el mayor proveedor de maíz para México.

Un sondeo realizado por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), informó que en el año 2024 Estados Unidos vendió al mundo 62 millones 350 mil toneladas de maíz.

El mismo USDA informó que del 100% del maíz exportado por Estados Unidos en ese año, el 94% era de un producto genéticamente modificado; se detalló que el maíz modificado se le conoce como cultivos tolerantes a herbicidas (HT), que toleran herbicidas potentes (como glifosato, glufosinato y dicamba).

Durante muchos años ese comercio funcionó sin mayores problemas.

Pero todo cambió cuando el gobierno mexicano anunció que limitaría gradualmente el uso de maíz transgénico para consumo humano y reduciría el uso del herbicida glifosato.

México argumentó que estas medidas buscaban proteger la biodiversidad y aplicar el principio precautorio, es decir, actuar con cuidado mientras la ciencia seguía investigando los posibles efectos ambientales.

Estados Unidos, en cambio, sostuvo que esas restricciones no estaban respaldadas por suficiente evidencia científica y que podían convertirse en una barrera para el comercio.

Lo que comenzó como una diferencia de opiniones terminó convirtiéndose en un conflicto internacional.

Esto derivó a la creación de un Panel constituido conforme al Capítulo 31 (Solución de Controversias) del Tratado entre los Estados Unidos Mexicanos, los Estados Unidos de América y Canadá (T-MEC).

Este Panel fue presidido por el suizo Christian Häberli, un jurista y especialista suizo en derecho del comercio internacional, reconocido por su experiencia en la Organización Mundial del Comercio (OMC), así como por Hugo Perezcano Díaz, un abogado mexicano especializado en comercio internacional, arbitraje y solución de controversias entre Estados y Jean Engelmayer Kalicki, una abogada estadounidense especializada en arbitraje internacional.

Tras varios meses de discusión y debate, el 20 de diciembre de 2024, el Panel consideró que algunos elementos del Decreto sobre el glifosato y maíz genéticamente modificado, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 13 de febrero de 2023, no pueden aplicarse “al no estar basadas en una evaluación de riesgo adecuada, evidencia científica y en normas internacionales relevantes”.

Esto dejó al país frente a una pregunta complicada: ¿Cómo proteger un patrimonio biológico y cultural tan importante como el maíz sin afectar de alguna manera acuerdos comerciales? ¿En especial, con el tema del T-MEC?

Para responder esa pregunta es necesario regresar miles de años atrás, mucho antes de que existiera México como nación.

Hace alrededor de diez mil años, los primeros habitantes de Mesoamérica comenzaron a transformar una planta silvestre llamada teozintle. Este es considerado el ancestro silvestre del maíz domesticado, por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO).

Generación tras generación fueron seleccionando las mejores semillas, observando cuáles crecían mejor y compartiendo sus conocimientos entre comunidades.

Con el paso del tiempo, ese largo proceso dio origen al maíz que conocemos hoy en día.

Una investigación realizada por el biólogo y maestro de antropología social y etnografía por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, Carrillo Trueba César, y publicado en Redalyc, integrante de la Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal, concluyó que el maíz surgió en territorio mexicano, principalmente entre el Valle de Tehuacán, en Puebla, y otras regiones del sur del país. Restos encontrados en cuevas de Oaxaca y Guerrero, junto con estudios modernos de ADN, confirman que el maíz no apareció por casualidad: fue el resultado de miles de años de trabajo realizado por los pueblos mesoamericanos.

Gracias al maíz fue posible producir alimentos de manera constante, lo que permitió que muchas comunidades dejaran de ser nómadas y comenzaran a establecerse en un mismo lugar. Con el tiempo surgieron grandes civilizaciones como la maya, la zapoteca, la mixteca y la mexica.

Para las culturas mesoamericanas, el maíz nunca fue solo un alimento.

En el Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo maya quiché, se cuenta una historia bastante interesante y que vale la pena contar, debido a que el maíz está inmiscuido.

El libro aborda que los dioses intentaron crear a los seres humanos varias veces. Primero los hicieron de barro y después de madera, pero ninguno de esos intentos funcionó. Finalmente utilizaron maíz blanco y amarillo para dar vida a los hombres y mujeres. No por nada que a los mexicanos nos conozcan como “Los hijos del maíz”.

Aunque este relato pertenece a la tradición y no a la historia científica, refleja la enorme importancia que el maíz tenía para estos pueblos. Era símbolo de vida, de comunidad y de la relación entre las personas y la naturaleza.

Esa visión sigue viva en muchas comunidades del país. Todavía existen lugares en México donde la siembra comienza con ceremonias para pedir buenas lluvias o agradecer las cosechas. Además, muchas familias continúan heredando sus semillas de generación en generación, como un patrimonio que vale mucho más que su precio en el mercado.

Por ejemplo, en la Península de Yucatán, los campesinos mayas realizan la ceremonia del Saka’, una ofrenda de pozol y comida, mientras que en otra parte del mismo estado realizan el Ch’a’cháak, un baile tradicional con la petición de lluvias en las milpas ejidales.

México no solo es el lugar donde nació el maíz. También es el país que conserva la mayor diversidad genética de este cultivo en todo el mundo.

Mientras en muchas partes solo se siembran unas cuantas variedades comerciales, en México todavía existen decenas de razas de maíz adaptadas a diferentes climas, alturas y tipos de suelo.

La CONABIO reconoce alrededor de 64 razas de maíz presentes en el país, de las cuales 59 son nativas. Algunas soportan largas sequías, otras crecen en zonas montañosas a más de tres mil metros de altura y otras están adaptadas al calor y la humedad de las regiones tropicales.

Hablamos de tipos como el Arrocillo, Cacahuacintle, Chalqueño, Cónico, Cónico Norteño, Dulce, Elotes Cónicos, Mixteco, Mushito, Mushito de Michoacán, Negrito, Palomero de Jalisco, Palomero Toluqueño, Uruapeño, entre muchos más.

Esa diversidad es mucho más importante de lo que parece. Para la mayoría de las personas, la diferencia entre un maíz blanco, amarillo, azul, rojo o morado puede ser solo cuestión de color.

De ahí surge una frase que con el tiempo se convirtió en un símbolo: “Sin maíz no hay país”.

Para algunos representa la defensa de la soberanía alimentaria. Para otros, la protección de un patrimonio biocultural único. Y para millones de mexicanos simplemente resume una realidad: ningún otro alimento está tan ligado a nuestra historia, nuestra cultura y nuestra forma de vivir y comer como el maíz.

Y justamente porque el maíz significa tanto para México, cualquier decisión sobre su futuro deja de ser un asunto meramente agrícola. Se convierte en un tema científico, económico, político, cultural e incluso social.

La siguiente pregunta entonces es inevitable: ¿Se debe apoyar el consumo de maíz genéticamente modificado o solamente consumir el maíz natural?

En México, por ejemplo, Mercedes López, representante común de la demanda colectiva del maíz, enfoca el problema desde el punto de vista humanista.

Más que el consumo humano, lo que le preocupa es lo que podría pasar con las variedades nativas si el polen del maíz transgénico llegara a mezclarse con ellas.

Y esa preocupación tiene una razón muy clara.

México no es un país cualquiera en la historia del maíz. Es el lugar donde nació este cultivo, y donde todavía se conserva la mayor diversidad genética del planeta.

Por eso, organismos como la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (CIBIOGEM) reconocen que cualquier decisión relacionada con el maíz debe analizarse con mucho cuidado.

Uno de los investigadores que más ha estudiado este tema es Antonio Turrent Fernández, un ingeniero agrónomo, investigador y científico mexicano por la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, quien durante años ha señalado que conservar las razas nativas es fundamental para mantener la capacidad de evolución del maíz y proteger recursos genéticos que podrían ser indispensables en el futuro.

Una opinión parecida ha expresado la bióloga Elena Álvarez-Buylla, investigadora de la UNAM, quien ha advertido que introducir maíz transgénico de forma masiva en el centro de origen del cultivo podría provocar cambios genéticos difíciles de revertir.

Sin embargo, esa no es la única postura.

Especialistas del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) explican que esa diversidad puede ser una de las mejores herramientas para enfrentar el cambio climático. Si en el futuro aparecen nuevas enfermedades o aumentan las temperaturas, muchas de las soluciones podrían encontrarse precisamente en esas semillas que los campesinos mexicanos han conservado durante siglos.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha señalado que la demanda mundial de alimentos seguirá aumentando en las próximas décadas, por lo que será necesario hacer la agricultura más eficiente.

Desde esta perspectiva, quienes defienden el uso del maíz transgénico aseguran que estas variedades pueden aumentar la producción, reducir las pérdidas causadas por insectos e incluso disminuir el uso de algunos insecticidas.

Además, sostienen que después de muchos años de consumo en distintos países no existe evidencia científica que demuestre que los transgénicos autorizados representen un riesgo para la salud humana.

Instituciones como la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria coinciden en que cada organismo modificado debe evaluarse por separado, pero afirman que, hasta ahora, no hay pruebas que permitan decir que los cultivos transgénicos aprobados sean peligrosos para las personas.

En realidad, ambas posturas coinciden en algo: el maíz es demasiado importante para México.

La diferencia está en cómo garantizar su futuro.

Mientras unos consideran que la innovación científica será clave para producir alimentos suficientes en los próximos años, otros creen que la mayor fortaleza del país está precisamente en conservar el enorme patrimonio genético construido durante miles de años.

Pero existe otra variante y que es importante resaltar.

Mientras los gobiernos discuten y los científicos continúan investigando, quienes viven del campo también enfrentan las consecuencias de este debate.

Muchos productores de maíz blanco ven con buenos ojos las políticas que buscan proteger las semillas tradicionales y fortalecer la producción nacional.

Sin embargo, otros sectores, como la industria pecuaria, dependen del maíz amarillo que México importa cada año, principalmente de Estados Unidos.

En medio de toda esta discusión aparecen dos conceptos que muchas veces se confunden.

El primero es la seguridad alimentaria.

Se refiere a que todas las personas tengan acceso suficiente y permanente a alimentos seguros y nutritivos. Desde este punto de vista, importar maíz no es necesariamente un problema si eso ayuda a garantizar el abastecimiento del país.

El segundo es la soberanía alimentaria.

Este concepto va más allá de la disponibilidad de alimentos. Habla del derecho que tienen los pueblos para decidir cómo producen lo que comen, qué semillas utilizan y qué modelo agrícola quieren impulsar.

Defender el maíz nativo es precisamente una forma de ejercer esa soberanía.

Las dos ideas son importantes y no tienen por qué estar enfrentadas. Sin embargo, encontrar el equilibrio entre ambas representa uno de los mayores retos para cualquier política pública relacionada con la agricultura.

Después de miles de años de historia, el maíz sigue siendo mucho más que un cultivo.

Es alimento, cultura, economía, ciencia, biodiversidad e identidad.

Cuando un campesino guarda las mejores semillas para sembrarlas al año siguiente, no solo está preparando la siguiente cosecha. También está conservando un patrimonio genético construido durante generaciones.

Cuando un investigador desarrolla nuevas variedades resistentes a enfermedades o al cambio climático, busca responder a uno de los mayores desafíos del futuro: producir alimentos suficientes para una población cada vez más grande.

Y cuando un tribunal internacional analiza un conflicto comercial sobre el maíz, en realidad también está participando, de manera indirecta, en una discusión sobre patrimonio cultural, biodiversidad y soberanía.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de toda esta historia.

El debate sobre el maíz nunca ha sido solamente una discusión entre estar a favor o en contra de los transgénicos.

Es una conversación mucho más amplia sobre cómo alimentar a millones de personas sin perder la riqueza biológica y cultural que México ha construido durante más de diez mil años.

El reto para los próximos años será encontrar un punto de equilibrio.

Uno donde la investigación científica, la innovación tecnológica, el conocimiento tradicional de las comunidades y las políticas públicas trabajen juntas, en lugar de verse como caminos opuestos.

Porque al final, proteger el maíz no significa únicamente cuidar un cultivo.

Significa preservar una parte fundamental de la historia de México y, al mismo tiempo, pensar en cómo garantizar la alimentación de las generaciones que vienen.

Después de miles de años acompañando a la humanidad, el maíz sigue recordándonos que algunas de las decisiones más importantes no se toman solo en los laboratorios, en los tribunales o en los campos de cultivo, sino en el equilibrio que una sociedad logra construir entre su pasado y su futuro.

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David Hernandez

Sin maíz no hay país: la batalla de México por defender su grano más valioso

Recorrer un mercado de Oaxaca, caminar por una milpa en Chiapas o visitar una comunidad de la Sierra Tarahumara es encontrarse con algo que forma parte de la vida diaria de millones de mexicanos, el maíz. 

Está en las tortillas que acompañan todas las comidas de las familias mexicanas, en los tamales durante los festejos del día de la candelaria, en el pozole de las reuniones familiares y en cientos de platillos que forman parte de nuestra identidad y cultura culinaria.

Pero detrás de un alimento que parece tan cotidiano existe una discusión que va mucho más allá de la cocina. 

Organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) o el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) llevan años debatiendo sobre el futuro del maíz, especialmente cuando se habla de los cultivos modificados, conocidos tradicionalmente como “Alimentos Transgénicos”.

Para algunos especialistas, como el Dr. Amalio Santacruz Varela, un investigador y profesor mexicano adscrito al Colegio de Postgraduados, el riesgo está en poner en peligro la enorme diversidad de maíces nativos que existen en el país, considerada una de las más importantes del mundo.

Para otros, los transgénicos representan una herramienta que puede ayudar a producir más alimentos y enfrentar problemas como el cambio climático. 

La discusión dejó de ser únicamente científica cuando el gobierno mexicano decidió limitar el uso del maíz transgénico para consumo humano y reforzar la protección de las variedades nativas. 

Esa decisión provocó un conflicto comercial con Estados Unidos y Canadá dentro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

¿Qué pasó?

El 13 de abril de 2020 entró en vigor la Ley Federal para el Fomento y Protección del Maíz Nativo, una norma que por primera vez reconoció que el maíz nativo no es solo un cultivo agrícola, sino también parte del patrimonio cultural del país, esto de acuerdo a lo publicado en el Diario Oficial de la Federación.

El artículo 3 de la nueva ley señala que se reconoce a la producción, comercialización, consumo y diversificación constante del maíz nativo, como manifestación y propiedad patrimonial cultural de los pueblos y comunidades indígenas del territorio nacional, en los términos dispuestos por la ley general de protección del patrimonio cultural de los pueblos y comunidades indígenas y afro mexicanas.

Con esta legislación, sembrar, intercambiar y conservar semillas dejó de verse únicamente como una actividad económica. También pasó a considerarse una labor fundamental para proteger la biodiversidad, la cultura y la alimentación del país.

¿Qué cambió con esta ley?

Uno de los puntos más importantes fue la creación del Consejo Nacional del Maíz Nativo (CONAM).

Este organismo reúne a representantes del gobierno, instituciones académicas, organizaciones campesinas y pueblos indígenas para participar en las decisiones relacionadas con la protección del maíz.

El maíz dejó de verse únicamente como un producto del campo para ser reconocido oficialmente como un patrimonio biocultural que involucra biodiversidad, identidad, cultura, alimentación y derechos de los pueblos indígenas.

Con esta modificación, por primera vez quedó escrito en la Carta Magna que México es el centro de origen y diversidad del maíz, además de reconocerlo como un elemento de identidad nacional, alimento básico del pueblo mexicano y parte fundamental de la historia de los pueblos indígenas.

No se trató únicamente de un reconocimiento simbólico.

Al quedar protegido por la Constitución, el maíz obtuvo un respaldo jurídico mucho más fuerte, ya que modificar un artículo constitucional es mucho más complicado que cambiar una ley ordinaria.

Además, el Estado asumió nuevas responsabilidades.

Entre ellas están impulsar el uso de semillas nativas, fortalecer el sistema tradicional de milpa, apoyar a pequeños productores, fomentar la investigación científica y desarrollar tecnologías compatibles con la conservación de la biodiversidad.

Sin embargo, mientras en México estas medidas eran vistas como una forma de proteger un patrimonio nacional, en Estados Unidos comenzaron a surgir preocupaciones.

Estados Unidos es el principal exportador de maíz del mundo y también el mayor proveedor de maíz para México.

Un sondeo realizado por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), informó que en el año 2024 Estados Unidos vendió al mundo 62 millones 350 mil toneladas de maíz.

El mismo USDA informó que del 100% del maíz exportado por Estados Unidos en ese año, el 94% era de un producto genéticamente modificado; se detalló que el maíz modificado se le conoce como cultivos tolerantes a herbicidas (HT), que toleran herbicidas potentes (como glifosato, glufosinato y dicamba).

Durante muchos años ese comercio funcionó sin mayores problemas.

Pero todo cambió cuando el gobierno mexicano anunció que limitaría gradualmente el uso de maíz transgénico para consumo humano y reduciría el uso del herbicida glifosato.

México argumentó que estas medidas buscaban proteger la biodiversidad y aplicar el principio precautorio, es decir, actuar con cuidado mientras la ciencia seguía investigando los posibles efectos ambientales.

Estados Unidos, en cambio, sostuvo que esas restricciones no estaban respaldadas por suficiente evidencia científica y que podían convertirse en una barrera para el comercio.

Lo que comenzó como una diferencia de opiniones terminó convirtiéndose en un conflicto internacional.

Esto derivó a la creación de un Panel constituido conforme al Capítulo 31 (Solución de Controversias) del Tratado entre los Estados Unidos Mexicanos, los Estados Unidos de América y Canadá (T-MEC).

Este Panel fue presidido por el suizo Christian Häberli, un jurista y especialista suizo en derecho del comercio internacional, reconocido por su experiencia en la Organización Mundial del Comercio (OMC), así como por Hugo Perezcano Díaz, un abogado mexicano especializado en comercio internacional, arbitraje y solución de controversias entre Estados y Jean Engelmayer Kalicki, una abogada estadounidense especializada en arbitraje internacional.

Tras varios meses de discusión y debate, el 20 de diciembre de 2024, el Panel consideró que algunos elementos del Decreto sobre el glifosato y maíz genéticamente modificado, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 13 de febrero de 2023, no pueden aplicarse “al no estar basadas en una evaluación de riesgo adecuada, evidencia científica y en normas internacionales relevantes”.

Esto dejó al país frente a una pregunta complicada: ¿Cómo proteger un patrimonio biológico y cultural tan importante como el maíz sin afectar de alguna manera acuerdos comerciales? ¿En especial, con el tema del T-MEC?

Para responder esa pregunta es necesario regresar miles de años atrás, mucho antes de que existiera México como nación.

Hace alrededor de diez mil años, los primeros habitantes de Mesoamérica comenzaron a transformar una planta silvestre llamada teozintle. Este es considerado el ancestro silvestre del maíz domesticado, por la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO).

Generación tras generación fueron seleccionando las mejores semillas, observando cuáles crecían mejor y compartiendo sus conocimientos entre comunidades.

Con el paso del tiempo, ese largo proceso dio origen al maíz que conocemos hoy en día.

Una investigación realizada por el biólogo y maestro de antropología social y etnografía por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, Carrillo Trueba César, y publicado en Redalyc, integrante de la Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal, concluyó que el maíz surgió en territorio mexicano, principalmente entre el Valle de Tehuacán, en Puebla, y otras regiones del sur del país. Restos encontrados en cuevas de Oaxaca y Guerrero, junto con estudios modernos de ADN, confirman que el maíz no apareció por casualidad: fue el resultado de miles de años de trabajo realizado por los pueblos mesoamericanos.

Gracias al maíz fue posible producir alimentos de manera constante, lo que permitió que muchas comunidades dejaran de ser nómadas y comenzaran a establecerse en un mismo lugar. Con el tiempo surgieron grandes civilizaciones como la maya, la zapoteca, la mixteca y la mexica.

Para las culturas mesoamericanas, el maíz nunca fue solo un alimento.

En el Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo maya quiché, se cuenta una historia bastante interesante y que vale la pena contar, debido a que el maíz está inmiscuido.

El libro aborda que los dioses intentaron crear a los seres humanos varias veces. Primero los hicieron de barro y después de madera, pero ninguno de esos intentos funcionó. Finalmente utilizaron maíz blanco y amarillo para dar vida a los hombres y mujeres. No por nada que a los mexicanos nos conozcan como “Los hijos del maíz”.

Aunque este relato pertenece a la tradición y no a la historia científica, refleja la enorme importancia que el maíz tenía para estos pueblos. Era símbolo de vida, de comunidad y de la relación entre las personas y la naturaleza.

Esa visión sigue viva en muchas comunidades del país. Todavía existen lugares en México donde la siembra comienza con ceremonias para pedir buenas lluvias o agradecer las cosechas. Además, muchas familias continúan heredando sus semillas de generación en generación, como un patrimonio que vale mucho más que su precio en el mercado.

Por ejemplo, en la Península de Yucatán, los campesinos mayas realizan la ceremonia del Saka’, una ofrenda de pozol y comida, mientras que en otra parte del mismo estado realizan el Ch’a’cháak, un baile tradicional con la petición de lluvias en las milpas ejidales.

México no solo es el lugar donde nació el maíz. También es el país que conserva la mayor diversidad genética de este cultivo en todo el mundo.

Mientras en muchas partes solo se siembran unas cuantas variedades comerciales, en México todavía existen decenas de razas de maíz adaptadas a diferentes climas, alturas y tipos de suelo.

La CONABIO reconoce alrededor de 64 razas de maíz presentes en el país, de las cuales 59 son nativas. Algunas soportan largas sequías, otras crecen en zonas montañosas a más de tres mil metros de altura y otras están adaptadas al calor y la humedad de las regiones tropicales.

Hablamos de tipos como el Arrocillo, Cacahuacintle, Chalqueño, Cónico, Cónico Norteño, Dulce, Elotes Cónicos, Mixteco, Mushito, Mushito de Michoacán, Negrito, Palomero de Jalisco, Palomero Toluqueño, Uruapeño, entre muchos más.

Esa diversidad es mucho más importante de lo que parece. Para la mayoría de las personas, la diferencia entre un maíz blanco, amarillo, azul, rojo o morado puede ser solo cuestión de color.

De ahí surge una frase que con el tiempo se convirtió en un símbolo: “Sin maíz no hay país”.

Para algunos representa la defensa de la soberanía alimentaria. Para otros, la protección de un patrimonio biocultural único. Y para millones de mexicanos simplemente resume una realidad: ningún otro alimento está tan ligado a nuestra historia, nuestra cultura y nuestra forma de vivir y comer como el maíz.

Y justamente porque el maíz significa tanto para México, cualquier decisión sobre su futuro deja de ser un asunto meramente agrícola. Se convierte en un tema científico, económico, político, cultural e incluso social.

La siguiente pregunta entonces es inevitable: ¿Se debe apoyar el consumo de maíz genéticamente modificado o solamente consumir el maíz natural?

En México, por ejemplo, Mercedes López, representante común de la demanda colectiva del maíz, enfoca el problema desde el punto de vista humanista.

Más que el consumo humano, lo que le preocupa es lo que podría pasar con las variedades nativas si el polen del maíz transgénico llegara a mezclarse con ellas.

Y esa preocupación tiene una razón muy clara.

México no es un país cualquiera en la historia del maíz. Es el lugar donde nació este cultivo, y donde todavía se conserva la mayor diversidad genética del planeta.

Por eso, organismos como la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (CIBIOGEM) reconocen que cualquier decisión relacionada con el maíz debe analizarse con mucho cuidado.

Uno de los investigadores que más ha estudiado este tema es Antonio Turrent Fernández, un ingeniero agrónomo, investigador y científico mexicano por la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, quien durante años ha señalado que conservar las razas nativas es fundamental para mantener la capacidad de evolución del maíz y proteger recursos genéticos que podrían ser indispensables en el futuro.

Una opinión parecida ha expresado la bióloga Elena Álvarez-Buylla, investigadora de la UNAM, quien ha advertido que introducir maíz transgénico de forma masiva en el centro de origen del cultivo podría provocar cambios genéticos difíciles de revertir.

Sin embargo, esa no es la única postura.

Especialistas del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) explican que esa diversidad puede ser una de las mejores herramientas para enfrentar el cambio climático. Si en el futuro aparecen nuevas enfermedades o aumentan las temperaturas, muchas de las soluciones podrían encontrarse precisamente en esas semillas que los campesinos mexicanos han conservado durante siglos.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha señalado que la demanda mundial de alimentos seguirá aumentando en las próximas décadas, por lo que será necesario hacer la agricultura más eficiente.

Desde esta perspectiva, quienes defienden el uso del maíz transgénico aseguran que estas variedades pueden aumentar la producción, reducir las pérdidas causadas por insectos e incluso disminuir el uso de algunos insecticidas.

Además, sostienen que después de muchos años de consumo en distintos países no existe evidencia científica que demuestre que los transgénicos autorizados representen un riesgo para la salud humana.

Instituciones como la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria coinciden en que cada organismo modificado debe evaluarse por separado, pero afirman que, hasta ahora, no hay pruebas que permitan decir que los cultivos transgénicos aprobados sean peligrosos para las personas.

En realidad, ambas posturas coinciden en algo: el maíz es demasiado importante para México.

La diferencia está en cómo garantizar su futuro.

Mientras unos consideran que la innovación científica será clave para producir alimentos suficientes en los próximos años, otros creen que la mayor fortaleza del país está precisamente en conservar el enorme patrimonio genético construido durante miles de años.

Pero existe otra variante y que es importante resaltar.

Mientras los gobiernos discuten y los científicos continúan investigando, quienes viven del campo también enfrentan las consecuencias de este debate.

Muchos productores de maíz blanco ven con buenos ojos las políticas que buscan proteger las semillas tradicionales y fortalecer la producción nacional.

Sin embargo, otros sectores, como la industria pecuaria, dependen del maíz amarillo que México importa cada año, principalmente de Estados Unidos.

En medio de toda esta discusión aparecen dos conceptos que muchas veces se confunden.

El primero es la seguridad alimentaria.

Se refiere a que todas las personas tengan acceso suficiente y permanente a alimentos seguros y nutritivos. Desde este punto de vista, importar maíz no es necesariamente un problema si eso ayuda a garantizar el abastecimiento del país.

El segundo es la soberanía alimentaria.

Este concepto va más allá de la disponibilidad de alimentos. Habla del derecho que tienen los pueblos para decidir cómo producen lo que comen, qué semillas utilizan y qué modelo agrícola quieren impulsar.

Defender el maíz nativo es precisamente una forma de ejercer esa soberanía.

Las dos ideas son importantes y no tienen por qué estar enfrentadas. Sin embargo, encontrar el equilibrio entre ambas representa uno de los mayores retos para cualquier política pública relacionada con la agricultura.

Después de miles de años de historia, el maíz sigue siendo mucho más que un cultivo.

Es alimento, cultura, economía, ciencia, biodiversidad e identidad.

Cuando un campesino guarda las mejores semillas para sembrarlas al año siguiente, no solo está preparando la siguiente cosecha. También está conservando un patrimonio genético construido durante generaciones.

Cuando un investigador desarrolla nuevas variedades resistentes a enfermedades o al cambio climático, busca responder a uno de los mayores desafíos del futuro: producir alimentos suficientes para una población cada vez más grande.

Y cuando un tribunal internacional analiza un conflicto comercial sobre el maíz, en realidad también está participando, de manera indirecta, en una discusión sobre patrimonio cultural, biodiversidad y soberanía.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de toda esta historia.

El debate sobre el maíz nunca ha sido solamente una discusión entre estar a favor o en contra de los transgénicos.

Es una conversación mucho más amplia sobre cómo alimentar a millones de personas sin perder la riqueza biológica y cultural que México ha construido durante más de diez mil años.

El reto para los próximos años será encontrar un punto de equilibrio.

Uno donde la investigación científica, la innovación tecnológica, el conocimiento tradicional de las comunidades y las políticas públicas trabajen juntas, en lugar de verse como caminos opuestos.

Porque al final, proteger el maíz no significa únicamente cuidar un cultivo.

Significa preservar una parte fundamental de la historia de México y, al mismo tiempo, pensar en cómo garantizar la alimentación de las generaciones que vienen.

Después de miles de años acompañando a la humanidad, el maíz sigue recordándonos que algunas de las decisiones más importantes no se toman solo en los laboratorios, en los tribunales o en los campos de cultivo, sino en el equilibrio que una sociedad logra construir entre su pasado y su futuro.

David Hernandez

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