Exclusiva | “Es uno de los hallazgos más relevantes del sureste mexicano”: el descubrimiento de 179 piezas arqueológicas en Chiapas podría cambiar lo que sabemos de la cultura zoque
Cintalapa, Chiapas – Durante más de 1,300 años permanecieron ocultas, intactas y exactamente en el lugar donde los antiguos zoques las depositaron. Ese nivel de conservación, prácticamente inédito para un depósito ritual en el sureste de México, ha llevado a especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a considerar el hallazgo como uno de los más importantes de los últimos años para el sur de nuestro país.
En Cintalapa, Chiapas, hace unos días se hizo viral el descubrimiento de 179 piezas arqueológicas en una zona cercana al Arco del Tiempo, aunque detrás de las imágenes que circularon en redes sociales existe una historia mucho más relevante: una cueva que resguardó durante trece siglos un conjunto ceremonial que podría transformar lo que hoy se conoce sobre la cultura zoque.
Tras el encuentro, el INAH encomendó el estudio y análisis de las piezas encontradas al doctor en arqueología, Josuhé Lozada Toledo, quien otorgó una entrevista en exclusiva con David Hernández para el portal Jonathan Lozada en la Red.
Durante la platica, el arqueólogo mexicano nos relató su vivencia a lo largo de esta investigación histórica para el sur de México. El nos comentó que cuando entró por primera vez a la cueva, supo que estaba frente a algo fuera de lo común.
Lo que encontró junto con su equipo fueron 179 piezas arqueológicas que permanecieron prácticamente intactas durante más de mil 300 años. Ninguna había sido movida. Nadie había saqueado el sitio. Todo seguía exactamente donde los antiguos zoques lo dejaron.
“Cuando entramos por primera vez fue una emoción muy grande. Yo lo describo como una cápsula del tiempo donde quedó congelado un momento muy importante de la historia de esta gran civilización”, cuenta el investigador.
Joshué Lozada Toledo relató que todo comenzó cuando Jairo Díaz, un guía de la comunidad cercana al Arco del Tiempo, localizó la cueva y dio aviso al INAH.
A partir de ahí inició el trabajo de arqueólogos y especialistas para confirmar que las piezas eran auténticas, documentar su contexto y conocer la antigüedad de cada una.
Pero conforme avanzaba la exploración, la sorpresa fue creciendo.
“Lo que más nos llamó la atención fue el estado de conservación. Los objetos estaban íntegros, en su lugar original. Fue realmente como entrar en una tumba, porque todo permanecía exactamente donde los antiguos zoques lo colocaron”, explica.
En muchas cuevas con evidencia arqueológica los objetos fueron retirados hace décadas por saqueadores. Aquí ocurrió todo lo contrario. La cueva permaneció cerrada al paso del tiempo y conservó intactos los depósitos rituales.
Entre las piezas recuperadas hay cajetes, vasijas, sahumadores y distintos objetos utilizados en ceremonias religiosas. Sin embargo, uno llamó especialmente la atención del equipo.
“Encontramos un sahumador con un mango de 32 centímetros que termina con una cabeza de serpiente. Es literalmente una pieza de museo y data aproximadamente del año 700 después de Cristo”, comenta.
El arqueólogo explica que estos sahumadores eran utilizados para quemar copal durante los rituales.
“El humo era el medio de comunicación entre las personas y las deidades. Por eso encontramos principalmente cajetes y sahumadores; eran objetos ceremoniales”, dice.
Ahora vendrá otra etapa de la investigación.
El equipo del INAH realizará análisis químicos para conocer qué sustancias quedaron impregnadas en las piezas.
“Queremos saber qué tipo de alimentos o sustancias procesaban los antiguos zoques. Incluso podríamos encontrar evidencia de sangre de sacrificio o de otros elementos que formaban parte de las ceremonias religiosas”, explica.
Uno de los aspectos más interesantes de la entrevista llegó cuando habló del significado que tenían las cuevas para los antiguos pueblos mesoamericanos.
“No debemos perder de vista que para los antiguos zoques, y también para los mayas, las cuevas representaban la entrada al mundo de los muertos, la entrada al inframundo. Por eso estos espacios tenían un enorme valor ceremonial”, señala.
Aunque el descubrimiento ya despertó el interés nacional, el investigador asegura que el trabajo apenas comienza.
“Todavía no hemos agotado la exploración de la cueva. Seguimos investigando y es posible que podamos identificar otros depósitos rituales”, adelanta.
Para Lozada Toledo hay otro factor que explica por qué el sitio llegó prácticamente intacto hasta nuestros días.
“La propia comunidad ha sido custodio de esta cueva. La gente protegió este patrimonio arqueológico y eso ha sido fundamental. Además, el acceso sólo se logra haciendo un rappel de más de diez metros con equipo especializado, así que nunca fue un lugar de fácil acceso”, comenta.
Incluso considera que esa colaboración entre habitantes e instituciones debe convertirse en un ejemplo para otros proyectos de conservación.
“El trabajo con las comunidades es muy importante. Ellos generan conciencia sobre la importancia de proteger estos lugares sagrados y eso permite que los especialistas podamos hacer nuestro trabajo cuando llega el momento”, explica.
Más adelante, dice, esa protección podría traducirse también en oportunidades para la región.
“La idea es que, cuando los estudios concluyan y las condiciones lo permitan, estos lugares puedan abrirse a un turismo arqueológico y cultural responsable, siempre privilegiando la conservación del patrimonio”, añade.
Durante la entrevista también le preguntamos si considera que este descubrimiento puede catalogarse entre los más importantes de los últimos años en México.
La respuesta fue inmediata.
“Yo pienso que sí. Estamos ante uno de los hallazgos más relevantes del sureste mexicano. No sólo por la cantidad de piezas, sino porque el grado de conservación que presentan no lo hemos visto en otras cavidades. Además, está relacionado con una cultura que ha sido poco estudiada”, responde.
Y es justamente ahí donde, asegura, radica uno de los mayores aportes del proyecto.
“A diferencia de los mayas, los zoques no han recibido la atención que merecen. Este hallazgo nos permitirá reivindicar el valor histórico de esta gran cultura, que además tiene antecedentes directamente relacionados con los pueblos olmecas”, afirma.
La investigación forma parte del proyecto Registro y Análisis de Cuevas Ubicadas en el Área del Cañón del Río La Venta, impulsado por el INAH.
Este mismo año el equipo entregará un informe técnico con los primeros resultados y posteriormente publicará artículos científicos y de divulgación para compartir los hallazgos con la comunidad académica y con la sociedad.
“Es un proyecto de continuidad. Terminamos el informe de este año y seguiremos ampliando las investigaciones para registrar más cuevas con evidencia arqueológica zoque”, comenta.
Antes de despedirse, Joshué Lozada Toledo deja una reflexión que resume el sentido de todo este trabajo.
“El legado más importante de esta investigación será demostrar que la protección del patrimonio arqueológico sólo es posible cuando trabajan juntos las comunidades, las instituciones y los investigadores. Esperamos que este modelo pueda replicarse en otras partes del país y que más personas se sumen a cuidar la historia que todavía permanece bajo tierra”, concluyó.
Exclusiva | “Es uno de los hallazgos más relevantes del sureste mexicano”: el descubrimiento de 179 piezas arqueológicas en Chiapas podría cambiar lo que sabemos de la cultura zoque
Cintalapa, Chiapas – Durante más de 1,300 años permanecieron ocultas, intactas y exactamente en el lugar donde los antiguos zoques las depositaron. Ese nivel de conservación, prácticamente inédito para un depósito ritual en el sureste de México, ha llevado a especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) a considerar el hallazgo como uno de los más importantes de los últimos años para el sur de nuestro país.
En Cintalapa, Chiapas, hace unos días se hizo viral el descubrimiento de 179 piezas arqueológicas en una zona cercana al Arco del Tiempo, aunque detrás de las imágenes que circularon en redes sociales existe una historia mucho más relevante: una cueva que resguardó durante trece siglos un conjunto ceremonial que podría transformar lo que hoy se conoce sobre la cultura zoque.
Tras el encuentro, el INAH encomendó el estudio y análisis de las piezas encontradas al doctor en arqueología, Josuhé Lozada Toledo, quien otorgó una entrevista en exclusiva con David Hernández para el portal Jonathan Lozada en la Red.
Durante la platica, el arqueólogo mexicano nos relató su vivencia a lo largo de esta investigación histórica para el sur de México. El nos comentó que cuando entró por primera vez a la cueva, supo que estaba frente a algo fuera de lo común.
Lo que encontró junto con su equipo fueron 179 piezas arqueológicas que permanecieron prácticamente intactas durante más de mil 300 años. Ninguna había sido movida. Nadie había saqueado el sitio. Todo seguía exactamente donde los antiguos zoques lo dejaron.
“Cuando entramos por primera vez fue una emoción muy grande. Yo lo describo como una cápsula del tiempo donde quedó congelado un momento muy importante de la historia de esta gran civilización”, cuenta el investigador.
Joshué Lozada Toledo relató que todo comenzó cuando Jairo Díaz, un guía de la comunidad cercana al Arco del Tiempo, localizó la cueva y dio aviso al INAH.
A partir de ahí inició el trabajo de arqueólogos y especialistas para confirmar que las piezas eran auténticas, documentar su contexto y conocer la antigüedad de cada una.
Pero conforme avanzaba la exploración, la sorpresa fue creciendo.
“Lo que más nos llamó la atención fue el estado de conservación. Los objetos estaban íntegros, en su lugar original. Fue realmente como entrar en una tumba, porque todo permanecía exactamente donde los antiguos zoques lo colocaron”, explica.
En muchas cuevas con evidencia arqueológica los objetos fueron retirados hace décadas por saqueadores. Aquí ocurrió todo lo contrario. La cueva permaneció cerrada al paso del tiempo y conservó intactos los depósitos rituales.
Entre las piezas recuperadas hay cajetes, vasijas, sahumadores y distintos objetos utilizados en ceremonias religiosas. Sin embargo, uno llamó especialmente la atención del equipo.
“Encontramos un sahumador con un mango de 32 centímetros que termina con una cabeza de serpiente. Es literalmente una pieza de museo y data aproximadamente del año 700 después de Cristo”, comenta.
El arqueólogo explica que estos sahumadores eran utilizados para quemar copal durante los rituales.
“El humo era el medio de comunicación entre las personas y las deidades. Por eso encontramos principalmente cajetes y sahumadores; eran objetos ceremoniales”, dice.
Ahora vendrá otra etapa de la investigación.
El equipo del INAH realizará análisis químicos para conocer qué sustancias quedaron impregnadas en las piezas.
“Queremos saber qué tipo de alimentos o sustancias procesaban los antiguos zoques. Incluso podríamos encontrar evidencia de sangre de sacrificio o de otros elementos que formaban parte de las ceremonias religiosas”, explica.
Uno de los aspectos más interesantes de la entrevista llegó cuando habló del significado que tenían las cuevas para los antiguos pueblos mesoamericanos.
“No debemos perder de vista que para los antiguos zoques, y también para los mayas, las cuevas representaban la entrada al mundo de los muertos, la entrada al inframundo. Por eso estos espacios tenían un enorme valor ceremonial”, señala.
Aunque el descubrimiento ya despertó el interés nacional, el investigador asegura que el trabajo apenas comienza.
“Todavía no hemos agotado la exploración de la cueva. Seguimos investigando y es posible que podamos identificar otros depósitos rituales”, adelanta.
Para Lozada Toledo hay otro factor que explica por qué el sitio llegó prácticamente intacto hasta nuestros días.
“La propia comunidad ha sido custodio de esta cueva. La gente protegió este patrimonio arqueológico y eso ha sido fundamental. Además, el acceso sólo se logra haciendo un rappel de más de diez metros con equipo especializado, así que nunca fue un lugar de fácil acceso”, comenta.
Incluso considera que esa colaboración entre habitantes e instituciones debe convertirse en un ejemplo para otros proyectos de conservación.
“El trabajo con las comunidades es muy importante. Ellos generan conciencia sobre la importancia de proteger estos lugares sagrados y eso permite que los especialistas podamos hacer nuestro trabajo cuando llega el momento”, explica.
Más adelante, dice, esa protección podría traducirse también en oportunidades para la región.
“La idea es que, cuando los estudios concluyan y las condiciones lo permitan, estos lugares puedan abrirse a un turismo arqueológico y cultural responsable, siempre privilegiando la conservación del patrimonio”, añade.
Durante la entrevista también le preguntamos si considera que este descubrimiento puede catalogarse entre los más importantes de los últimos años en México.
La respuesta fue inmediata.
“Yo pienso que sí. Estamos ante uno de los hallazgos más relevantes del sureste mexicano. No sólo por la cantidad de piezas, sino porque el grado de conservación que presentan no lo hemos visto en otras cavidades. Además, está relacionado con una cultura que ha sido poco estudiada”, responde.
Y es justamente ahí donde, asegura, radica uno de los mayores aportes del proyecto.
“A diferencia de los mayas, los zoques no han recibido la atención que merecen. Este hallazgo nos permitirá reivindicar el valor histórico de esta gran cultura, que además tiene antecedentes directamente relacionados con los pueblos olmecas”, afirma.
La investigación forma parte del proyecto Registro y Análisis de Cuevas Ubicadas en el Área del Cañón del Río La Venta, impulsado por el INAH.
Este mismo año el equipo entregará un informe técnico con los primeros resultados y posteriormente publicará artículos científicos y de divulgación para compartir los hallazgos con la comunidad académica y con la sociedad.
“Es un proyecto de continuidad. Terminamos el informe de este año y seguiremos ampliando las investigaciones para registrar más cuevas con evidencia arqueológica zoque”, comenta.
Antes de despedirse, Joshué Lozada Toledo deja una reflexión que resume el sentido de todo este trabajo.
“El legado más importante de esta investigación será demostrar que la protección del patrimonio arqueológico sólo es posible cuando trabajan juntos las comunidades, las instituciones y los investigadores. Esperamos que este modelo pueda replicarse en otras partes del país y que más personas se sumen a cuidar la historia que todavía permanece bajo tierra”, concluyó.