Detrás del Grito: una noche que comenzó mucho antes de las campanadas
El martes 15 de septiembre, desde el balcón principal de Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum realizó el Grito de Independencia conmemorando el 216 aniversario de nuestra libertad.
Ahí, la mandataria resaltó la soberanía que tenemos, resaltó que somo un pueblo “libre y soberano”, pero, además, un momento que dio mucho de qué hablar, fue que omitió a Ignacio Allende para darle espacio a otros personaje histórico meno reconocido, como lo es el primer presidente de México, Guadalupe Victoria.

En este magno evento, nuestra redacción de Jonathan Lozada en la Red, estuvo presente y podemos constatar que el grito de independencia NO empezó a las 11:00 p.m; sino que comenzó muchas horas antes de lo anunciado.
Todavía faltaban varias horas para que la bandera ondeara desde el balcón de Palacio Nacional y para que la voz de la presidenta Claudia Sheinbaum se escuchara frente a miles de personas, pero algo ya estaba pasando.
Poco a poco, la Plaza de la Constitución comenzaba a llenarse de colores, de voces y de esa expectativa que solamente se siente cuando se sabe que algo importante está por ocurrir.
Eran cerca de las dos de la tarde cuando llegué.
La ceremonia todavía parecía lejana. Faltaban conciertos, faltaban horas de espera y faltaba, sobre todo, que llegara la noche. Sin embargo, para quienes estábamos ahí para cubrir el acontecimiento, el trabajo ya había comenzado.
Mi primera misión era conseguir la acreditación como prensa.
Mientras esperaba, observaba lo que ocurría alrededor. Había familias que buscaban un buen lugar, grupos de amigos que caminaban por la plaza, personas con sombreros y banderas, y cientos de asistentes que comenzaban a instalarse para pasar ahí buena parte de la tarde y la noche.

Incluso, observaba a lo lejos a un perrito de la calle vestido para la ocasión. En su cabeza lo acompañaba un gorrito mexicano con los símbolos “Viva México”, lo que demostraba la atmósfera que ya se vivía, muchas horas antes del magno evento.
Todavía no ocurría el Grito, pero el ambiente ya hablaba de él.
Después de conseguir la acreditación, tomé la cámara y comencé a recorrer con otra mirada aquel lugar.
No quería fotografiar únicamente lo que todos terminarían viendo.
Quería guardar también aquello que normalmente queda fuera de cuadro.
Los preparativos. La gente que trabajaba detrás del escenario. Los equipos. Los cables. Los micrófonos. Los ingenieros de audio.
Los pequeños detalles que, aunque parecen invisibles para quienes siguen la ceremonia desde sus casas, son indispensables para que una noche como ésta pueda ocurrir.
Y así comenzó mi 15 de septiembre. Mucho antes del primer “¡Viva México!”.
Había gente que llevaba horas esperando. Familias completas, grupos de amigos, personas con sombreros, banderas y prendas verdes, blancas y rojas. Algunos buscaban un lugar desde donde pudieran ver el escenario; otros simplemente caminaban, observaban y esperaban que comenzara la fiesta.

Entre el movimiento de los asistentes, los elementos de seguridad, los accesos controlados y el personal que comenzaba a preparar todo para una de las noches más importantes del calendario mexicano, tocaba esperar.
Y esperar en un evento de estas dimensiones también es parte de la historia.
Una vez con la acreditación en mano, pude comenzar a hacer lo que había ido a hacer: documentar. Pero esta vez no quería limitarme a fotografiar a quienes estarían sobre el escenario. Quería mirar también lo que normalmente no aparece en las transmisiones.
Antes de que llegaran los momentos principales de la noche, el Zócalo ya tenía su propia historia.
Desde mi posición pude observar cómo poco a poco aumentaba la cantidad de personas en la Plancha del Zócalo. El ambiente cambiaba conforme avanzaban las horas.
Lo que por la tarde parecía una concentración de asistentes comenzó a transformarse, lentamente, en una multitud que esperaba una sola cosa: que llegara la hora del Grito.

Las cámaras comenzaban a ocupar sus lugares. Mis compañeros periodistas, al igual que yo, se preparaban para vivir el acontecimiento. Los fotógrafos buscábamos ángulos.
Los trabajadores (logística, seguridad, elementos de la guardia nacional, ingenieros, supervisores) continuaban con sus tareas mientras miles de personas, muchas veces sin saberlo, se convertían también en parte del escenario.
Un momento que quiero ilustrarlo, fue cuando retiraron los plásticos y demás protecciones que cubrían el listón con el que la presidenta hace tocar la campana, así como los demás plásticos que protegían las cortinas y vidrios de las puertas del balcón.
Con lujo de detalle puedo comentar que ese trabajo inició a las 9:15 p.m.
Tras más de media hora intentando retirar todas las protecciones, los elementos de logística lograron dejar listo el balcón alrededor de las 9:48 pm, un acontecimiento inesperado que solamente se puede narrar estando presente en el lugar.

A las 8 pm comenzaron los conciertos. La música hizo que la espera se sintiera diferente.
El público dejó de estar únicamente pendiente del reloj y comenzó a cantar, bailar, grabar con sus teléfonos y disfrutar de la noche. Entre las presentaciones estuvo Intocable, uno de los momentos musicales más esperados de la celebración.
La agrupación llegó al Zócalo como parte del programa previo al Grito, en una noche que reunió a una multitud en el corazón de la capital.
Pero mientras para miles de personas la atención estaba sobre el escenario, yo también estaba mirando hacia otros lados. Porque detrás de un espectáculo así, existe otro espectáculo que casi nadie ve.
En un momento tuve la oportunidad de observar de cerca los micrófonos que serían utilizados por los militares para entonar el Himno Nacional.

Puede parecer un detalle pequeño. Pero para alguien que está cubriendo el evento desde el lugar de prensa, esos detalles terminan teniendo un significado especial.
Mientras miles de personas esperaban escuchar las voces y la música, detrás de todo eso había personas revisando que cada sonido llegara correctamente.
Los ingenieros de audio estaban pendientes. Revisaban niveles. Supervisaban el sonido. Coordinaban. Esperaban.
En un evento donde cualquier falla puede ser escuchada por cientos de miles de personas, no existe demasiado espacio para improvisar.

Mientras tomaba fotografías de esos momentos, pensaba que esa era precisamente la parte que muchas veces no vemos cuando seguimos una ceremonia por televisión.
En la pantalla vemos el escenario. Vemos a la presidenta. Vemos los fuegos artificiales. Escuchamos el Himno. Pero detrás de cada uno de esos momentos hay decenas de personas haciendo que todo funcione. Y esa noche también estaban ahí.
Conforme se acercaban las once de la noche, el ambiente cambió por completo.
Ya no era la espera de un concierto. Ya no era solamente una noche de música.
La atención comenzó a dirigirse hacia Palacio Nacional. La gente levantaba sus teléfonos. Las banderas comenzaron a aparecer todavía más. Los gritos aumentaban. Se escuchaba a la multitud gritar frases como: “Presidenta, Presidenta”.

Y quienes estábamos en la zona de prensa sabíamos que el momento estaba cerca. Desde mi posición, prácticamente frente al templete, podía ver lo que ocurría en primera fila.
Y entonces apareció la presidenta Claudia Sheinbaum.
Era la segunda ocasión en que encabezaba desde Palacio Nacional la ceremonia del Grito de Independencia.
En ese instante, el ruido de las conversaciones se convirtió en gritos. La plaza respondió. Yo tenía la cámara preparada.
Había pasado horas esperando ese momento y, de repente, todo sucedía en cuestión de segundos.
El Grito comenzó. La presidenta salió al balcón central de Palacio Nacional y encabezó la ceremonia frente a una Plaza de la Constitución completamente llena.
Desde donde estaba, la experiencia era muy distinta a verla en una pantalla.
No había distancia. No había repetición. No había posibilidad de decir: “esa toma la hago después”.
Era ese instante y nada más. El balcón. La bandera. La multitud. Los gritos. Las cámaras levantadas. Y el sonido de miles de personas respondiendo al mismo tiempo.
Disparé la cámara. Una fotografía. Otra. Y otra.

Intentando guardar no solamente la imagen de la presidenta dando el Grito, sino también todo lo que ocurría alrededor.
Porque una crónica no está solamente en el momento principal. También está en lo que sucede antes.
Después llegó el Himno Nacional.
Y ahí volví a pensar en aquellos micrófonos que había fotografiado horas antes.
Ahora ya tenían sentido. Todo lo que había visto durante la tarde comenzaba a encajar. Los equipos. Los cables. Los ingenieros. Las pruebas. Los micrófonos. Los escenarios. La gente trabajando mientras otros celebraban.
Todo aquello que parecía parte del fondo terminó formando parte de la noche. Y mientras el Himno sonaba, el Zócalo entero parecía detenerse durante unos minutos.
Después vendrían los fuegos artificiales. La luz sobre los edificios. Los teléfonos nuevamente levantados. Los rostros iluminados. Los gritos. La celebración.

Me quedé pensando en algo mientras seguía tomando fotografías.
Para quienes estaban en la Plaza, aquella noche sería probablemente un recuerdo. Para quienes la siguieron desde sus casas, quedaría como una transmisión más del Grito. Pero para quienes estuvimos ahí desde horas antes, la historia fue mucho más larga.
Comenzó a las dos de la tarde, cuando todavía había tiempo de sobra para que llegara la ceremonia. Comenzó con una acreditación de prensa, con la espera, con los primeros recorridos, con las primeras fotografías.
Continuó con una plaza que poco a poco se llenó. Con los conciertos. Con los ganadores del concurso nacional “México Canta”. Con Intocable. Con los asistentes que cantaban. Con los trabajadores que corrían de un lado a otro. Con los ingenieros que revisaban el sonido. Con los micrófonos preparados para el Himno. Con los fotógrafos buscando el momento.
Y terminó frente a Palacio Nacional, viendo a la presidenta Claudia Sheinbaum encabezar el Grito de Independencia desde unos metros de distancia.
Esa es quizá la diferencia entre mirar un acontecimiento y estar dentro de él.
Desde una pantalla, el Grito dura unos minutos. Desde el Zócalo, empieza muchas horas antes.
Y esa noche, yo tuve la oportunidad de mirar, escuchar y fotografiar una parte de todo aquello que normalmente queda fuera de cuadro.
El 15 de septiembre no fue solamente el momento en que una presidenta salió al balcón para gritar “¡Viva México!”.
Fue también la espera, la música, el cansancio, las cámaras, los técnicos, los militares, los asistentes y todas esas pequeñas escenas que, juntas, construyeron la noche.
Detrás del Grito: una noche que comenzó mucho antes de las campanadas
El martes 15 de septiembre, desde el balcón principal de Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum realizó el Grito de Independencia conmemorando el 216 aniversario de nuestra libertad.
Ahí, la mandataria resaltó la soberanía que tenemos, resaltó que somo un pueblo “libre y soberano”, pero, además, un momento que dio mucho de qué hablar, fue que omitió a Ignacio Allende para darle espacio a otros personaje histórico meno reconocido, como lo es el primer presidente de México, Guadalupe Victoria.

En este magno evento, nuestra redacción de Jonathan Lozada en la Red, estuvo presente y podemos constatar que el grito de independencia NO empezó a las 11:00 p.m; sino que comenzó muchas horas antes de lo anunciado.
Todavía faltaban varias horas para que la bandera ondeara desde el balcón de Palacio Nacional y para que la voz de la presidenta Claudia Sheinbaum se escuchara frente a miles de personas, pero algo ya estaba pasando.
Poco a poco, la Plaza de la Constitución comenzaba a llenarse de colores, de voces y de esa expectativa que solamente se siente cuando se sabe que algo importante está por ocurrir.
Eran cerca de las dos de la tarde cuando llegué.
La ceremonia todavía parecía lejana. Faltaban conciertos, faltaban horas de espera y faltaba, sobre todo, que llegara la noche. Sin embargo, para quienes estábamos ahí para cubrir el acontecimiento, el trabajo ya había comenzado.
Mi primera misión era conseguir la acreditación como prensa.
Mientras esperaba, observaba lo que ocurría alrededor. Había familias que buscaban un buen lugar, grupos de amigos que caminaban por la plaza, personas con sombreros y banderas, y cientos de asistentes que comenzaban a instalarse para pasar ahí buena parte de la tarde y la noche.

Incluso, observaba a lo lejos a un perrito de la calle vestido para la ocasión. En su cabeza lo acompañaba un gorrito mexicano con los símbolos “Viva México”, lo que demostraba la atmósfera que ya se vivía, muchas horas antes del magno evento.
Todavía no ocurría el Grito, pero el ambiente ya hablaba de él.
Después de conseguir la acreditación, tomé la cámara y comencé a recorrer con otra mirada aquel lugar.
No quería fotografiar únicamente lo que todos terminarían viendo.
Quería guardar también aquello que normalmente queda fuera de cuadro.
Los preparativos. La gente que trabajaba detrás del escenario. Los equipos. Los cables. Los micrófonos. Los ingenieros de audio.
Los pequeños detalles que, aunque parecen invisibles para quienes siguen la ceremonia desde sus casas, son indispensables para que una noche como ésta pueda ocurrir.
Y así comenzó mi 15 de septiembre. Mucho antes del primer “¡Viva México!”.
Había gente que llevaba horas esperando. Familias completas, grupos de amigos, personas con sombreros, banderas y prendas verdes, blancas y rojas. Algunos buscaban un lugar desde donde pudieran ver el escenario; otros simplemente caminaban, observaban y esperaban que comenzara la fiesta.

Entre el movimiento de los asistentes, los elementos de seguridad, los accesos controlados y el personal que comenzaba a preparar todo para una de las noches más importantes del calendario mexicano, tocaba esperar.
Y esperar en un evento de estas dimensiones también es parte de la historia.
Una vez con la acreditación en mano, pude comenzar a hacer lo que había ido a hacer: documentar. Pero esta vez no quería limitarme a fotografiar a quienes estarían sobre el escenario. Quería mirar también lo que normalmente no aparece en las transmisiones.
Antes de que llegaran los momentos principales de la noche, el Zócalo ya tenía su propia historia.
Desde mi posición pude observar cómo poco a poco aumentaba la cantidad de personas en la Plancha del Zócalo. El ambiente cambiaba conforme avanzaban las horas.
Lo que por la tarde parecía una concentración de asistentes comenzó a transformarse, lentamente, en una multitud que esperaba una sola cosa: que llegara la hora del Grito.

Las cámaras comenzaban a ocupar sus lugares. Mis compañeros periodistas, al igual que yo, se preparaban para vivir el acontecimiento. Los fotógrafos buscábamos ángulos.
Los trabajadores (logística, seguridad, elementos de la guardia nacional, ingenieros, supervisores) continuaban con sus tareas mientras miles de personas, muchas veces sin saberlo, se convertían también en parte del escenario.
Un momento que quiero ilustrarlo, fue cuando retiraron los plásticos y demás protecciones que cubrían el listón con el que la presidenta hace tocar la campana, así como los demás plásticos que protegían las cortinas y vidrios de las puertas del balcón.
Con lujo de detalle puedo comentar que ese trabajo inició a las 9:15 p.m.
Tras más de media hora intentando retirar todas las protecciones, los elementos de logística lograron dejar listo el balcón alrededor de las 9:48 pm, un acontecimiento inesperado que solamente se puede narrar estando presente en el lugar.

A las 8 pm comenzaron los conciertos. La música hizo que la espera se sintiera diferente.
El público dejó de estar únicamente pendiente del reloj y comenzó a cantar, bailar, grabar con sus teléfonos y disfrutar de la noche. Entre las presentaciones estuvo Intocable, uno de los momentos musicales más esperados de la celebración.
La agrupación llegó al Zócalo como parte del programa previo al Grito, en una noche que reunió a una multitud en el corazón de la capital.
Pero mientras para miles de personas la atención estaba sobre el escenario, yo también estaba mirando hacia otros lados. Porque detrás de un espectáculo así, existe otro espectáculo que casi nadie ve.
En un momento tuve la oportunidad de observar de cerca los micrófonos que serían utilizados por los militares para entonar el Himno Nacional.

Puede parecer un detalle pequeño. Pero para alguien que está cubriendo el evento desde el lugar de prensa, esos detalles terminan teniendo un significado especial.
Mientras miles de personas esperaban escuchar las voces y la música, detrás de todo eso había personas revisando que cada sonido llegara correctamente.
Los ingenieros de audio estaban pendientes. Revisaban niveles. Supervisaban el sonido. Coordinaban. Esperaban.
En un evento donde cualquier falla puede ser escuchada por cientos de miles de personas, no existe demasiado espacio para improvisar.

Mientras tomaba fotografías de esos momentos, pensaba que esa era precisamente la parte que muchas veces no vemos cuando seguimos una ceremonia por televisión.
En la pantalla vemos el escenario. Vemos a la presidenta. Vemos los fuegos artificiales. Escuchamos el Himno. Pero detrás de cada uno de esos momentos hay decenas de personas haciendo que todo funcione. Y esa noche también estaban ahí.
Conforme se acercaban las once de la noche, el ambiente cambió por completo.
Ya no era la espera de un concierto. Ya no era solamente una noche de música.
La atención comenzó a dirigirse hacia Palacio Nacional. La gente levantaba sus teléfonos. Las banderas comenzaron a aparecer todavía más. Los gritos aumentaban. Se escuchaba a la multitud gritar frases como: “Presidenta, Presidenta”.

Y quienes estábamos en la zona de prensa sabíamos que el momento estaba cerca. Desde mi posición, prácticamente frente al templete, podía ver lo que ocurría en primera fila.
Y entonces apareció la presidenta Claudia Sheinbaum.
Era la segunda ocasión en que encabezaba desde Palacio Nacional la ceremonia del Grito de Independencia.
En ese instante, el ruido de las conversaciones se convirtió en gritos. La plaza respondió. Yo tenía la cámara preparada.
Había pasado horas esperando ese momento y, de repente, todo sucedía en cuestión de segundos.
El Grito comenzó. La presidenta salió al balcón central de Palacio Nacional y encabezó la ceremonia frente a una Plaza de la Constitución completamente llena.
Desde donde estaba, la experiencia era muy distinta a verla en una pantalla.
No había distancia. No había repetición. No había posibilidad de decir: “esa toma la hago después”.
Era ese instante y nada más. El balcón. La bandera. La multitud. Los gritos. Las cámaras levantadas. Y el sonido de miles de personas respondiendo al mismo tiempo.
Disparé la cámara. Una fotografía. Otra. Y otra.

Intentando guardar no solamente la imagen de la presidenta dando el Grito, sino también todo lo que ocurría alrededor.
Porque una crónica no está solamente en el momento principal. También está en lo que sucede antes.
Después llegó el Himno Nacional.
Y ahí volví a pensar en aquellos micrófonos que había fotografiado horas antes.
Ahora ya tenían sentido. Todo lo que había visto durante la tarde comenzaba a encajar. Los equipos. Los cables. Los ingenieros. Las pruebas. Los micrófonos. Los escenarios. La gente trabajando mientras otros celebraban.
Todo aquello que parecía parte del fondo terminó formando parte de la noche. Y mientras el Himno sonaba, el Zócalo entero parecía detenerse durante unos minutos.
Después vendrían los fuegos artificiales. La luz sobre los edificios. Los teléfonos nuevamente levantados. Los rostros iluminados. Los gritos. La celebración.

Me quedé pensando en algo mientras seguía tomando fotografías.
Para quienes estaban en la Plaza, aquella noche sería probablemente un recuerdo. Para quienes la siguieron desde sus casas, quedaría como una transmisión más del Grito. Pero para quienes estuvimos ahí desde horas antes, la historia fue mucho más larga.
Comenzó a las dos de la tarde, cuando todavía había tiempo de sobra para que llegara la ceremonia. Comenzó con una acreditación de prensa, con la espera, con los primeros recorridos, con las primeras fotografías.
Continuó con una plaza que poco a poco se llenó. Con los conciertos. Con los ganadores del concurso nacional “México Canta”. Con Intocable. Con los asistentes que cantaban. Con los trabajadores que corrían de un lado a otro. Con los ingenieros que revisaban el sonido. Con los micrófonos preparados para el Himno. Con los fotógrafos buscando el momento.
Y terminó frente a Palacio Nacional, viendo a la presidenta Claudia Sheinbaum encabezar el Grito de Independencia desde unos metros de distancia.
Esa es quizá la diferencia entre mirar un acontecimiento y estar dentro de él.
Desde una pantalla, el Grito dura unos minutos. Desde el Zócalo, empieza muchas horas antes.
Y esa noche, yo tuve la oportunidad de mirar, escuchar y fotografiar una parte de todo aquello que normalmente queda fuera de cuadro.
El 15 de septiembre no fue solamente el momento en que una presidenta salió al balcón para gritar “¡Viva México!”.
Fue también la espera, la música, el cansancio, las cámaras, los técnicos, los militares, los asistentes y todas esas pequeñas escenas que, juntas, construyeron la noche.